Luz, Cámara, Inventiva


Si hay un factor que será el último en normalizarse es la industria del entretenimiento. Tanto en lo que se refiere al deporte como a los espectáculos, el hecho de que el público se sume es la barrera principal. Una de las noticias más recientes es que en los estadios europeos la gente paga para que pongan su rostro en la platea como si estuviera mirando el partido para poder verse durante la transmisión televisiva.


El teatro no es ajeno a esta problemática. Desde el principio de la cuarentena hemos recibido diferentes variantes de lo mismo: obras filmadas, algunas en forma gratuita, otras en las que figura un número de cbu para realizar donaciones o pagar el costo del streaming, y, tal vez, a los actores que intervinieron.

Más allá de la plataforma Teatrix, la temática se repitió por laplazaonline, con clásicos en los que hasta se podía ver obras en las que trabajó Alfredo Alcón.

Timbre4 se sumó con su propio catálogo, y lo mismo hizo Microteatro, y TeatroBombón.

Algunos utilizan Facebook para realizar las transmisiones, otros sus propias producciones filmadas, y hasta entrevistas a los creadores de las obras.

Sin la presencia de la audiencia, recitales y puestas tienen un gusto agridulce. Se disfrutan, por supuesto, pero el artista no siente el afecto, la aprobación, el aplauso. La virtualidad se transformó en un barbijo más. De diseño frío y de una atemporalidad que estremece


 

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