Tobias Wolff, un novelista sin etiquetas


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Invitado por el Cangallo Schule, el escritor Tobias Wolff se presentó ante un grupo de
alumnos de los cursos superiores antes de partir hacia una clase abierta moderada por la novelista Claudia Piñeiro, en el marco del encuentro anual de la Fundación FILBA que se realiza, por primera vez en nuestro país y en Chile al mismo tiempo.

Paradójicamente Wolff escribió el libro “Vieja escuela” y que comienza con la visita de un conocido escritor a un colegio y está narrada por un alumno que quiere ser escritor.

Admirador de Ernest Hemingway y, sobre todo, del “Colmillo blanco”, de Jack London, al punto de cambiarse su nombre en la adolescencia por el de Jack a su libro de memorias “Mi vida como hijo” (1989), adaptado al cine en la película homónima protagonizada por Leonardo Di Caprio y Robert De Niro.

Profesor del Departamento de Inglés de la Universidad de Stanford desde 1997, también ha influenciado a alumnos, escritores y hasta músicos, que se han identificado con su trabajo.

Ejemplo de ello es la canción “No small wonder” de Bob Geldof y Danny Mitchell: And I got into bed/ And started reading a book/ By a guy called Tobias Wolff/ It’s good it’s short stories/ Just before you sleep he’ll take/ You off to Burma… Mandalay/ Places like that. (Y me fui a dormir/ Y empecé a leer un libro/ De un tipo llamado Tobias Wolff/ Es bueno son historias cortas/ Justo antes de que te duermas el te lleva/ a Burma… Mandalay/ Lugares como esos.

Geldoff y Mitchell se deben referir a algún cuento corto en el que Wolf narra experiencias sobre la guerra de Vietnam, de la que participó y de la que se empapan algunas de sus historias.

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De muy buen humor y pidiendo que no lo confundieran con Di Caprio, Wolff dijo unas pocas palabras en castellano antes de aclarar que se sentía agradecido con los adolescentes que habían leído su obra y se sentían que se estaba dirigiendo a ellos “si les sirve de compañía en el mundo, para que no se sientan solos… tuve la suerte de descubrir la amistad y el consuelo en los libros que leí cuando tenía la edad de ustedes”, expresó ante su atenta y joven audiencia, “y escribo por eso, con la esperanza de que mis libros representen eso para la gente que los lee”.

Como profesor “no hay manera de evaluar lo que significa enseñar literatura. Eso se siente en el carácter de cada uno, en su manera de pensar. Uno no puede cuantificar, como todo lo que tiene valor en la vida: el amor, la bondad, los sentimientos… No sucede naturalmente, aprendemos de otros, de lo que pensamos o leemos”.

Para ejemplificar habló sobre “Guerra y Paz”, de León Tolstoi, “la mejor telenovela jamás escrita” y sus descripciones de batallas: “es algo increíble porque lo que están mirando son marcas negras (letras) sobre el papel y requiere de una manera distinta de pensar imaginar eso, es un trabajo que va más allá de la racionalidad, que despierta empatía y compasión. Mirar un pedazo de papel puede hacerte cambiar, entrar en la vida de esas personas y dejar de encontrar la gloria en la guerra”, afirmó refiriéndose también a su propia experiencia en la materia.

“Encuentro en la literatura algo que es irremplazable en la vida real, pero si van a escribir algo no ficción, necesitan contar lo que pasó. Hay varias ´memorias´ falsas sobre el Holocausto que sólo alimentan la denuncia sobre la negación de lo que sucedió en los campos de concentración. A algunos sólo les interesa vender más copias…”

Sobre el proceso de escritura confesó que se siente “muy feliz” cuando termina un trabajo, “escribir es muy difícil y siento un placer muy grande cuando tengo la sensación de que está bien ya que trato de hacerlo perfecto”.

En cuanto a la inspiración reconoce que son diferentes los disparadores que utiliza, como las columnas de consejos de los diarios, de la que destacó la conocida “Dear Abby”, de la que salió uno de sus últimos cuentos sobre un recién casado que descubre una faceta desconocida de su mujer: “Las historias están alrededor de nosotros todo el tiempo”, enfatizó.

La escritura, remarcó a los chicos, depende de la determinación de cada uno, “antes de pensar en ser escritor tenés que ser un lector”. Rechaza las etiquetas y las categorías “tanto en mi trabajo como en el de los demás. El problema es que te pone un límite antes de empezar a leer”.

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En el caso particular de “Mi vida como hijo”, “dejé afuera hechos como el que mi padrastro quisiera matar a mi madre. Cuando comencé a escribir sentía ira y rencor hacia él pero empecé a sentirlo patético, absurdo y ridículo, y la intensidad de mis sentimientos disminuyó, permitiéndome tomar distancia”.

Wolff atribuyó el éxito de la novela a que “muchos chicos pasan por experiencias como la mía, en un hogar infeliz, en el que no se sabía cuándo se cobraba, dividido, pero tratando de mantener las apariencias, sin poder compartirlo con los demás. Por eso es bueno tener una voz, reconocerse en el libro. A mí me pasó lo mismo con ´El guardián en el centeno´, de J. D. Salinger”.

Cuando finalizó “Mi vida como hijo”, “el primer sentimiento fue el de miedo porque no me muestro de manera positiva y no sabía qué iban a pensar los demás sobre mí, incluidos mis hijos. Me sentí expuesto, pero pasó lo contrario. Subestimé la bondad de la gente”.

Para terminar la charla dejó un consejo a los futuros escritores: “Paciencia, cuando escribís te parece que no está tan bueno como lo que leíste y te frustrás. Está bien que así sea, seguí intentándolo, es como empezar a aprender un instrumento, vas mejorando de a poco, haciendo”.


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