Wakolda


Los Nazis en la Argentina


La verborrágica Lucía Puenzo fue la encargada de presentar con enérgico entusiasmo su última realización, “Wakolda”, basada en su novela homónima. El título, “hija de cacique en mapuche” se refiere a la muñeca y el alter ego de la protagonista, “cuando escribí el libro no sabía lo que significaba Lilith, el nombre de la nena. Intenté cambiarlo, pero no pude”, afirma debido a las connotaciones bíblicas y demoníacas que lo rodean.

La clave, la complicidad

La complicidad, el tema de la pareja protagónica

La complicidad, el tema de la pareja protagónica

Curiosa investigadora de nuestro pasado, Puenzo se adentró en la vida de un matrimonio con hijos que conoce a un alemán muy misterioso, y que resulta ser, nada más y nadie menos, que Josef Mengele. “Todos nosotros tenemos sangre mezclada. El tema de él era la pureza racial. Sentía la omnipotencia de querer cambiar genéticamente una nación entera, aunque era un médico mediocre, pero impune. Los libros de historia que lo retratan son escalofriantes. Llevaba caramelos en los bolsillos para cuando estaba con chicos y tuvo romances con prisioneras en los campos de concentración. Era muy culto”. “Hubo cientos de alemanes que se evaporaron en nuestro país, y muchos compatriotas que no abrieron la boca. A Mengele en Buenos Aires se lo vio en círculos públicos y hasta aparecía en la guía telefónica de la época. Su rastro se pierde en Buenos Aires y sigue en Paraguay, pero queda en el terreno del mito que pasó entre esas dos estadías”. Es en ese tiempo/espacio en el que tiene lugar “Wakolda”, situándolo en la comunidad barilochense. Tras 17 versiones del guión, Puenzo declara que, “después de escribir la novela no tenía en mente hacer la película y lo más difícil fue hallar a Flor Abado (Lilith), quien fue hallada entre 800 postulantes”.

Un extraño entre nosotros

Àlex Brendemühl en la piel de un asesino seductor

Àlex Brendemühl en la piel de un asesino seductor

Por supuesto el otro personaje que debía ser perfecto era el propio Mengele y está encarnado por el catalán Àlex Brendemühl, cuya actuación es perturbadora. A él se le sumaron Natalia Oreiro y Diego Peretti, como la pareja con dos hijos y mellizos en camino: “Diego maneja un espectro gigantesco y Nati es impresionante lo que hizo en ´Infancia Clandestina´. Además en dos meses aprendió a hablar en alemán. Por su parte Elena Roger, quien interpreta a Nora Edloc (una voluntaria del Mossad) viajó una y otra vez desde Nueva York para filmar, mientras actuaba en ´Evita´”.

La seducción del poder

Peretti- Oreiro, padres preocupados por su hija

Peretti- Oreiro, padres preocupados por su hija

“Particularmente el desafío de mi personaje fue el de exponer a su familia, sobre todo a su hija a un experimento físico… hacía seis meses que yo había debutado como madre. Tenía que construir este personaje que siente una simpatía casi inmediata con este alemán. Para mí fue muy complejo desdoblarme como una mamá afectuosa que, a la vez, expone a su hija a vaya a saber qué. Me causa un rechazo mi personaje que piensa que su hija no es lo que ella esperaba que fuera”, así define Natalia Oreiro a su creación, “Es enorme la fascinación que ejerce Mengele sobre mí. Además cuando veo la película veo una historia de amor perversa porque la nena se encariña con él durante su despertar sexual. Pero en la realidad Àlex es adorable y me ayudó muchísimo con el idioma.” Un conflicto parecido vivió Guillermo Pfening, quien personifica a un viejo amigo de Oreiro, “Me planteé por qué un joven de esa época sentiría admiración por Mengele… pero para mí lo más difícil fue aprender alemán. Tengo ciertos problemas con los idiomas.” (risas) El papá, Diego Peretti, es, en cambio, “el que mantiene el eje del sentido común en la historia. Tiene que ver con la gran seducción que produjo el movimiento nazi, pero para encarnarlo no tuve que alejarme mucho de quien soy yo”.

El arte encuentra su camino

Diego Peretti marca el sentido común en la trama

Diego Peretti marca el sentido común en la trama

Aunque estamos acostumbrados a las prolijas producciones de Puenzo, llama la atención la ambientación de la década del ´60 proveída por un escueto departamento de arte y vestuario. Además de la correcta puesta, se destaca la fábrica de muñecas que se filmó en un taller real ubicado en Avellaneda y dedicado a plásticos, ya que la directora aprovechó el gusto de Mengele por esos juguetes de porcelana. Aunque fue emocionante la recepción que recibió “Wakolda” en Cannes, inicio de una serie de innumerables presentaciones en festivales, en Berlín le preguntaron a Lucía por qué quería filmar esta historia cuando presentó el proyecto. Pero peor fue el recibimiento en Bariloche, donde tuvieron lugar cuatro de las seis semanas de filmación: “Hubo llamados para que no rodáramos en ciertas locaciones. Había una molestia porque se sugiere y se muestran fotos reales, sobre todo que tienen que ver con el colegio Primo Capraro (un acto nazi con bandera incluida, que puede encontrarse en Google Images) y todavía viven muchos de los descendientes de esa época”. La producción encontró cierta resistencia hasta hallar en El Bolsón la hostería donde se desarrolla la historia, y que, según contaron, fue erigida con dinero alemán y que podría haber sido una clínica en aquella época. Hay otros muchos datos reales que se cuelan en la trama como Nora Edloc, quien falleció por esa época en circunstancias misteriosas en el arroyo López siendo su cuerpo reclamado por la embajada israelí. El paisaje infinito y el mundo microscópico del drama de esta familia juegan como contrapunto y allí halló Lucía Puenzo “el lenguaje de la película. Es extraño lo que pasaba con Mengele y por eso quise mostrarlo en toda su monstruosidad en una historia que se completando con lo que el espectador ya conoce de él”.


Fotos Sebastián Puenzo


 

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